Columna “La diferencia clave entre el patrimonio vivo y el patrimonio muerto”

 

Carlos Rojas Sancristoful

Presidente e Investigador

Instituto de Estudios Patrimoniales

Publicada originalmente en

Revista Cultura y Tendencias

Si en una encuesta le presentasen una imagen de un bello palacio colonial y otra de cualquier población o campamento del país tipo favela ¿cuál de los dos espacios consideraría que tiene características patrimoniales?

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Probablemente, un alto porcentaje de los encuestados se inclinaría por la primera opción, aduciendo su valor histórico, su “belleza” estética-arquitectónica y su carácter exclusivo. Por el contrario, la segunda opción no cumpliría con los parámetros antes señalados.

Este ejercicio permite acercarnos al imaginario social prevaleciente en torno al patrimonio histórico cultural, que vincula lo patrimonial a una herencia del pasado en la que sobresalen “grandes edificios” y monumentos de “grandes héroes”.

Aquella perspectiva, que podríamos identificar como monumental, queda de manifiesto el último domingo del mes de mayo de cada año, cuando organizaciones del Estado ligadas al patrimonio, entre los cuales se encuentra el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN), organizan el Día del Patrimonio.

Aquel día nunca faltan notas periodísticas cubriendo largas filas para entrar a edificios “emblemáticos” como el Club de la Unión u otros de carácter institucional a lo largo del país. Sin embargo, en la otra cara de la moneda y carente de la cobertura de los medios de comunicación, el público que recorre las dependencias de algún museo comunitario o hitos locales es considerablemente menor.

Un primer aspecto que explica este imaginario monumental es el rol que tuvo el Estado durante el siglo XIX y gran parte del XX para establecer qué era “digno” de rescatar del pasado para valorarlo en el presente.

El pequeño grupo de “notables” utilizó el monopolio patrimonializador para reforzar el sentimiento de pertinencia del grupo social a un pasado común nacional a través del levantamiento de monumentos conmemorativos de grandes héroes o hazañas y/o “valorando” su propio patrimonio como élite gobernante, representándose a sí mismos como los constructores del país. Esto sin requerir de ningún tipo de consenso social.

Sólo tras el periodo dictatorial, en la década de 1990, en nuestro país comienzan a articularse comunidades compuestas por la ciudadanía que van a reclamar el derecho de construir y valorar lo que ellas consideran su patrimonio cultural. Esto implicó recuperar para ellos el ejercicio de “seleccionar” y activar comunitariamente lo que consideran relevante de su pasado, abordando el patrimonio como una construcción social.

Hoy en día existe una cantidad no menor de organizaciones territoriales y barriales que desarrollan actividades de recuperación y promoción de lo que consideran como propio de su identidad: Museo Comunitario del Barrio Yungay, Barrio Matta Sur, Barrio y Maestranza San Eugenio, Maestranza Barón en Valparaíso, Clubes deportivos de Quinta Normal, Consejo Comunal Patrimonio de Tomé, Asociación Chilena de Barrios Patrimoniales y Zonas Típicas, entre muchas otras.

Actualmente en Chile la declaración oficial de un bien material como Monumento Nacional a base de sus características patrimoniales se realiza por el CMN a petición, en gran medida, de actores ciudadanos que han consensuado comunitariamente la necesidad de preservar y resguardar ciertos elementos característicos de su pasado en el presente.

Sin embargo, si aquellos actores o la comunidad que le otorga sentido a ese bien desaparecen, las condiciones sociohistóricas que las llevaron a valorar el objeto se transforman y/o las nuevas generaciones no consideran esos bienes como parte constitutiva de sus identidades, la condición de monumento podrá mantenerse legalmente, pero carecerá de una significación social o esta misma se verá transformada, comprometiendo su sustentabilidad en términos patrimoniales.

Considerando estos aspectos, el profesor Mathieu Dormaels propone el año 2011 una interesante definición: “Lo que llamamos patrimonio es el conjunto de significados e interpretaciones que surgen de la relación mediática entre objeto-soporte y los individuos.

Por lo tanto, el patrimonio resulta de esta relación en el momento mismo de la interpretación, lo que supone su constante actualización. Es importante entender que, como construcción social, el patrimonio no es el objeto, el artefacto, sino la significación simbólica que le da un grupo social”.

Una situación cotidiana nos permitirá representar de mejor manera las palabras de Dormaels. Seguramente más de alguno ha estado en una reunión familiar de fin de semana, cuando de pronto uno de los presentes evoca una situación del pasado que provoca todo tipo de recuerdos.

Acto seguido alguien va por la caja o álbumes de fotografías, las que en el día a día se encuentran en un cajón debido a que no existe una atmósfera ni una comunidad que las convoque para rememorar un pasado común.

Lo interesante de las fotografías es que a medida que pasan de mano en mano gatillan un proceso dual: por un lado generan recuerdos de carácter personal, cargados de distintas emotividades del sujeto asociadas a ese pasado, pero -por otro lado- también contribuyen en la construcción de un relato grupal respecto del pasado familiar, en la medida que cada persona aporta con sus recuerdos e información contextual con cada imagen que pasa por sus manos.

Esta instancia –incluso- se transforma en un ritual que convoca e incorpora a las nuevas generaciones a un pasado común ¿De qué otra manera podríamos habernos construido una idea de nuestros bisabuelos si no fuera escuchando estos relatos?.

Pero las fotografías no sólo permanecen guardadas en álbumes y cajas. En gran parte de nuestros hogares, tras un proceso selectivo y consensuado con el grupo familiar, disponemos de una selección de las imágenes que consideramos más significativas y representativas: bautizos, matrimonios, titulación o el primer día de clases de nuestros hijos.

Estos momentos se transforman en hitos claves de la constitución de nuestro ser personal y social, transformando las fotografías en un dispositivo que activa un relato del quiénes somos.

Lo que evoca cada imagen emerge cuando recibimos visitas, nos situamos frente a las fotografías y nos explayamos en un relato que le permita a un “otro” comprender los contextos de significación que hicieron relevante aquella foto y explican que se encuentre en un lugar privilegiado del hogar.

Ambas series de fotografías, las del álbum como las de nuestras paredes, sólo tienen sentido en la medida que los sujetos le atribuyen significados. Mientras exista una comunidad que las valorice, serán un patrimonio importante para el grupo al darles pertinencia y arraigo. Si desaparece la comunidad, el valor que reside en ellas será exclusivamente el de su antigüedad, convirtiéndose en un elemento de colección.

La sociedad realiza un ejercicio de similares características en el espacio que habita y transforma. Las ciudades están repletas de materialidades que evocan al pasado, pero no todas ellas son patrimonio y, de serlo, su existencia, resguardo y valorización no depende de una ley, sino del entramado de significaciones que le atribuye una comunidad. Esto hace la diferencia entre un patrimonio vivo y un patrimonio muerto.



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